El primer ministro Mark Carney descartó utilizar las exportaciones de petróleo y otros recursos energéticos como instrumento de presión en las negociaciones comerciales con Estados Unidos, al advertir que una medida de esa naturaleza podría perjudicar la reputación de Canadá como proveedor confiable.
Carney afirmó que no ve valor en reducir o interrumpir el suministro de energía canadiense con el objetivo de obligar al gobierno estadounidense a retirar sus aranceles. Según el primer ministro, la confianza construida por Canadá en los mercados internacionales constituye uno de los activos más importantes del país y no debería ponerse en riesgo por una disputa comercial.
Las declaraciones se producen mientras Ottawa y Washington intentan intensificar sus negociaciones después de una nueva escalada en las tensiones comerciales. El presidente estadounidense Donald Trump anunció aranceles de 50 por ciento sobre una selección de productos canadienses, cuya entrada en vigor está prevista para el 19 de agosto de 2026.
Las medidas afectarían aproximadamente $28,000 millones en exportaciones anuales de Canadá, incluidos productos químicos, plásticos, bebidas alcohólicas, lácteos, cemento, madera y artículos deportivos. La energía, la potasa, el pescado y los minerales críticos quedaron excluidos de esta ronda de aranceles.
Carney ha dicho que Canadá responderá si los aranceles entran en vigor, pero considera contraproducente adoptar represalias antes de que finalicen las conversaciones. El gobierno federal sostiene que todas las opciones continúan disponibles, aunque el primer ministro trazó ahora una línea clara al excluir la interrupción deliberada del suministro energético.
Canadá y Estados Unidos mantienen uno de los sistemas energéticos más integrados del mundo. En 2025, las exportaciones canadienses de petróleo crudo, productos refinados, gas natural y líquidos de gas natural hacia Estados Unidos alcanzaron un valor de $157,500 millones. Esa cantidad representó más de una quinta parte de todas las exportaciones canadienses de mercancías.
En total, Canadá exportó $197,800 millones en productos energéticos a 137 países durante 2025, pero Estados Unidos recibió aproximadamente 85 por ciento de ese valor. Esta concentración muestra tanto la importancia del mercado estadounidense para los productores canadienses como la dependencia de varias regiones de Estados Unidos del petróleo, gas y electricidad procedentes de Canadá.
El petróleo constituye la mayor parte de esa relación. El valor de las exportaciones canadienses de crudo alcanzó $140,000 millones en 2025, un año en que la producción nacional llegó a niveles récord y comenzó a ampliarse el acceso a mercados distintos de Estados Unidos.
Algunos dirigentes provinciales y comentaristas han argumentado que esa dependencia ofrece a Canadá una de sus herramientas más poderosas para responder a las medidas de Trump. La propuesta podría incluir impuestos a las exportaciones, restricciones a los envíos o amenazas de reducir el suministro.
Sin embargo, el gobierno de Alberta se opone firmemente a cualquier medida que limite las exportaciones petroleras o imponga impuestos especiales sobre ellas. La provincia produce la mayor parte del crudo canadiense enviado a Estados Unidos y teme que una intervención federal perjudique a sus trabajadores, empresas y finanzas públicas.
Restringir las exportaciones también podría afectar a Canadá. Gran parte de la infraestructura existente —oleoductos, refinerías y sistemas de almacenamiento— fue construida para transportar petróleo y gas hacia el mercado estadounidense. Aunque el país ha comenzado a ampliar su acceso al Pacífico y a otros mercados mediante nuevas terminales, todavía no cuenta con suficiente capacidad para redirigir rápidamente todo el volumen que actualmente cruza la frontera.
El primer ministro considera que utilizar la energía como arma podría generar dudas entre compradores actuales y futuros. Países interesados en firmar contratos de largo plazo con Canadá podrían preguntarse si el suministro también sería interrumpido en caso de desacuerdos políticos.
Ese argumento forma parte de la estrategia de Carney para presentar a Canadá como un socio estable en un momento de creciente incertidumbre mundial. El gobierno busca aumentar las exportaciones de petróleo, gas natural licuado, uranio, electricidad y minerales críticos hacia Europa, Asia y Medio Oriente, reduciendo gradualmente la dependencia del mercado estadounidense.
Canadá ya comenzó a enviar gas natural licuado desde la terminal de Kitimat, en British Columbia, en julio de 2025, creando por primera vez una ruta directa para exportar este combustible hacia los mercados internacionales.
Ottawa también ha impulsado acuerdos con India, Emiratos Árabes Unidos y otras economías para ampliar la inversión y el comercio en energía y minerales críticos. Canadá y Emiratos Árabes Unidos concluyeron recientemente negociaciones para un acuerdo comercial, mientras empresas y fondos soberanos de ese país estudian posibles inversiones en el sector energético canadiense.
La decisión de Carney no significa que la energía quedará completamente separada de las negociaciones. El acceso seguro al petróleo, el gas, la electricidad y los minerales críticos continúa siendo una ventaja estratégica de Canadá y un elemento central de su relación económica con Estados Unidos.
La diferencia está en la manera de utilizar esa ventaja. En lugar de amenazar con cerrar el suministro, el gobierno parece apostar por ofrecer estabilidad, aumentar la producción y negociar desde la posición de un proveedor difícil de reemplazar.
La postura puede reducir las tensiones con Alberta y proteger la relación con compradores internacionales, pero también podría provocar críticas de quienes consideran que Ottawa está renunciando a una de sus herramientas más efectivas frente a la presión estadounidense.
Las próximas semanas mostrarán si la estrategia de negociación logra evitar los aranceles antes del 19 de agosto. Mientras tanto, Carney ha dejado claro que Canadá busca responder a la guerra comercial sin transformar su energía en un arma que pueda terminar perjudicando al propio país.







