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Por Raúl A. Pinto
Las películas con una trama centrada en actores que se interpretan a sí mismos o sobre fanáticos obsesionados con ellos, no siempre han sido destacables más allá de la anécdota. Recientemente tuvimos la interesante “Sallywood”, con Sally Kirkland en su último rol, Nicolas Cage con Pedro Pascal en “The Unbearable Weight of Massive Talent”, y más atrás están obras maestras como “¿Quieres ser John Malkovich?”, y algunas películas simpáticas como “Querida Brigitte”, de 1965, donde un padre, interpretado por el mismísimo James Stewart, hacía todo lo posible para que su hijo pudiera contactarse con el amor de su vida, Brigitte Bardot. ¿Quieren saltar un poco más en el tiempo? En “Broadway Melody of 1938”, una novata Judy Garland le cantaba en su personaje a su amado Clark Gable, en una escena que la consagró como estrella antes de “El Mago de Oz”. Todo esto nos trae a una estrella de cine y televisión actual que nos cae bien a todos, Jon Hamm, en la película “Gail Daughtry and the Celebrity Sex Pass”.

Con el único y maravilloso fin de hacer reír, esta película de David Wain construye una comedia absurda que parte de una pregunta tan incómoda como divertida: ¿qué pasaría si esa famosa “lista” que uno tiene con su pareja, de famosos con quien uno tendría “permiso” de tener una aventura, se convirtiera en realidad? A esta premisa le sigue una delirante carrera y, a propósito de los estrenos de la próxima semana, una verdadera “odisea” que mezcla romance, persecuciones, sátira de Hollywood y hasta ecos del mencionado “Mago de Oz”, sin preocuparse demasiado por la lógica.

Partamos por Zoey Deutch, que sostiene la película con un enorme carisma. Su Gail, quien busca tener sexo con Jon Hamm para “equilibrar la balanza” de su vida, es ingenua, encantadora y al mismo tiempo muy determinada. El talento de la actriz contribuye al hecho que, lo que pudo haber sido una película con pura vulgaridad (que la tiene) y una historia simplona (que lo es), se convierta en una historia de autodescubrimiento que llega a emocionar.
Hamm, desde hace rato conocido por ser un actor de comedia nato, es la perfecta elección para reírse de su propia imagen de galán misterioso. Pero además tenemos incontables cameos autorreferentes, desde Jennifer Aniston hasta “Weird Al” Yankovic, y los magníficos John Slattery, Paul Rudd y Henry Winkler, quienes funcionan más como parte del juego que como simples apariciones gratuitas. Todos ellos son intérpretes que se insertan como pez en el agua en el ritmo de la historia.

Es verdad, no todos los chistes aciertan y cierto maletín que anda dando vueltas en el film no logra ser un McGuffin especialmente interesante. Pero la gracia mayor aquí viene por el exceso, que incluye situaciones ridículas, intercambio de géneros cinematográficos y cultura pop. No se llega al nivel de desenfreno de “¿Y dónde está el piloto?”, pero el efecto de haber visto una comedia especial es muy parecido. Disponible en salas.








