SAN SALVADOR — Este 14 de octubre se cumplen ocho años desde que Óscar Arnulfo Romero Galdámez, arzobispo de San Salvador y mártir de la Iglesia Católica, fue proclamado santo en la Plaza de San Pedro por el Papa Francisco.
Para El Salvador y para millones de católicos alrededor del mundo, la canonización de 2018 representó el reconocimiento universal de una vida dedicada al Evangelio, a la defensa de la dignidad humana y al acompañamiento de un pueblo que atravesaba uno de los períodos más dolorosos de su historia.
San Óscar Romero nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, El Salvador. Fue ordenado sacerdote en 1942 y, después de décadas de servicio pastoral, fue nombrado arzobispo de San Salvador en 1977.
Su llegada al arzobispado coincidió con una creciente crisis política y social marcada por violencia, persecución, pobreza y graves violaciones de los derechos humanos.
Romero fue transformando progresivamente su ministerio en una voz pública en defensa de quienes sufrían. Desde el púlpito denunció asesinatos, desapariciones, torturas y abusos contra campesinos, trabajadores, sacerdotes y comunidades vulnerables.
Sus homilías dominicales, transmitidas por radio, llegaron a convertirse en uno de los pocos espacios donde muchas familias podían escuchar información sobre lo que estaba ocurriendo en distintas partes del país.
Pero su mensaje no fue únicamente de denuncia.
Romero habló constantemente de reconciliación, justicia, responsabilidad moral y del valor de cada ser humano ante Dios. Insistió en que la Iglesia debía permanecer cerca de quienes sufrían y recordó que la fe cristiana no podía ser indiferente frente al dolor de los demás.
El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia en San Salvador, Monseñor Romero fue asesinado de un disparo.
Su muerte provocó conmoción internacional y convirtió su figura en símbolo de la defensa de los derechos humanos y de la opción de la Iglesia por los más vulnerables.
Décadas más tarde, la Iglesia Católica reconoció oficialmente su martirio.
Romero fue beatificado en San Salvador el 23 de mayo de 2015 ante cientos de miles de personas y, tres años después, el 14 de octubre de 2018, el Papa Francisco presidió su canonización en el Vaticano.
Ese día también fue canonizado el Papa Pablo VI y otros cinco beatos.
Desde entonces, para los católicos salvadoreños, llamarlo San Óscar Romero representa mucho más que recordar una figura histórica.
Su legado continúa profundamente ligado a la identidad de El Salvador y a las comunidades salvadoreñas que viven fuera del país, entre ellas las establecidas en Canadá.
Incluso las Naciones Unidas han reconocido internacionalmente su contribución. Cada 24 de marzo, fecha de su asesinato, se conmemora el Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas, establecido en homenaje a su memoria y a su trabajo en defensa de las personas vulnerables.
A ocho años de su canonización, la figura de San Romero continúa trascendiendo generaciones.
Para quienes vivieron aquellos años, permanece el recuerdo del pastor cuya voz acompañaba al pueblo a través de la radio. Para generaciones más jóvenes, su historia ofrece la oportunidad de conocer a un hombre que entendió su sacerdocio como servicio y que permaneció junto a su pueblo incluso cuando hacerlo representaba un peligro para su propia vida.
Su mensaje sigue invitando a reflexionar sobre la responsabilidad que cada persona tiene frente al sufrimiento de los demás, sobre la necesidad de construir sociedades más justas y sobre la importancia de mantener viva la esperanza aun en circunstancias difíciles.
Por eso, este aniversario no representa solamente una fecha dentro del calendario de la Iglesia.
Para El Salvador y para tantos salvadoreños alrededor del mundo, es también una oportunidad para recordar al sacerdote, al arzobispo, al mártir y al santo que hizo de la defensa de la dignidad humana una expresión profunda de su fe.
San Óscar Arnulfo Romero continúa siendo, ocho años después de su canonización, una presencia espiritual profundamente viva en el corazón de su pueblo.











