Las marchas que ahora vemos tuvieron su génesis en la desesperación, la fatiga y el miedo; motivadas por la total desesperanza. Ahora, caminan en busca de una razón para vivir; buscan una oportunidad.

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Las caravanas de centroamericanos que salieron hace varias semanas desde tierras hondureñas y luego salvadoreñas deben considerarse desde varias perspectivas y no solo desde el punto de vista político o social.

Sería parcial y sesgado pensar que el movimiento de estas multitudes es provocado por el engaño o el plan de un partido opositor con la intención de hacer quedar mal al gobierno de turno ante la opinión internacional.

El éxodo de centroamericanos es el resultado de la suma de muchas tristezas diarias que pasan no solo centenares, sino miles de centroamericanos, especialmente de la zona llamada el triángulo norte: Honduras, El Salvador y Guatemala, países que comparten fronteras comunes.

Por los puntos ciegos de esta frontera tripartita transita droga desde los países suramericanos; además de contrabando de productos alimenticios, animales, medicinas y armas.

Mientras, en las principales ciudades, ex comandantes guerrilleros ahora convertidos en millonarios en tiempo récord, enquistados en los puestos de poder se han rodeados de parientes y amigos cercanos del partido para asegurarse que los dineros del gobierno queden en familia.

Por otro lado, los índices de asesinatos perpetrados por las maras, que cada vez escalan posiciones, haciendo de los jóvenes de entre 15 y 25 años sus principales víctimas, desgarra el corazón de muchas familias que no ven otra salida más que escapar de la tierra que los vio nacer.

La falta de empleo en el campo, donde prácticamente las parcelas que antes eran fecundas ahora están ociosas por falta de inversión, empuja a las personas a emigrar a las ciudades, metiendo presión a los sistemas de salud y saturando los servicios públicos, que cada vez son más precarios.

En las ciudades, la clase media tiene muy pocas oportunidades de trabajo calificado, pues los comercios en industrias son diariamente golpeados por las mafias de extorsionistas que diariamente a lo largo y ancho de estos países castigan a la pequeña y media empresa, principales fuentes de empleo, después de los gobiernos centrales.

Las marchas que ahora vemos tuvieron su génesis en la desesperación, la fatiga y el miedo; motivadas por la total desesperanza. Ahora, caminan en busca de una razón para vivir; buscan una oportunidad.

La fuerza que empuja a estos centroamericanos es el deseo de un mejor mañana para ellos y sus hijos; muchos de los cuales los hemos visto viajando sentados en los hombros de sus padres.

La fuerza que los mueve a estos centroamericanos es la experiencia de sentir que tocaron fondo en sus países y que no tienen nada que perder si emprenden el camino hacia lo desconocido.

Incluso, morir en la aventura de cruzar la con Estados Unidos puede llegar a ser más digno que rendirse ante la desgracia, fallecer a manos de las maras o quedarse a esperar una mejor suerte.

¿Desconocen estas migrantes la suerte que les puede espera en la frontera?

No; muchos de ellos saben que están arriesgando hasta su sangre; pero como se dijo antes, el ímpetu que los mueve es más fuerte que el miedo a la cárcel, los golpes e incluso la muerte.

Algunos de ellos abandonaron el camino y volvieron por donde llegaron, otros lo hicieron acostados en cajas de muerto; pero a los que siguen, los mueve algo que sobrepasa el raciocinio de muchos de nosotros: la esperanza de un mejor futuro. Una esperanza que muchos otros buscamos caminando por otros caminos.

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