Por Raúl A. Pinto
Javier Calvo y Javier Ambrossi son quizá la pareja de directores más inventiva que ha aparecido en España en los últimos años. Y vaya que han surgido cineastas extraordinarios, como Rodrigo Sorogoyen, Carla Simón, Paula Ortiz y Oliver Laxe, por mencionar a algunos de los más jóvenes.
Quienes, como yo, hemos visto una y otra vez las tres temporadas de Paquita Salas, sabemos que Los Javis pueden ser increíblemente originales. Aquella serie es una mezcolanza de géneros y subgéneros, cameos e intervenciones brillantes de actores consagrados y nuevos talentos que, contra todo pronóstico, funciona a las mil maravillas.
Llegar entonces a ver La Bola Negra en el TIFF 2026 fue un placer enorme. La expectativa era muy especial, sabiendo que con ambos cualquier cosa podía pasar en pantalla.

Y bueno, hay películas que intentan reconstruir el pasado y otras que buscan reparar sus silencios. Esta película pertenece a las segundas. Inspirada en la obra inconclusa de Federico García Lorca, entrelaza tres historias situadas en 1932, 1937 y 2017, con una idea común: mostrar que la historia también está hecha de personas a quienes nunca se les permitió contar la suya. En este caso, tres hombres homosexuales que deben lidiar, de maneras muy distintas, con la represión y sus consecuencias.
De las tres narraciones paralelas, encuentro particularmente conmovedora la de Sebastián (Guitarricadelafuente), un joven obligado a combatir con las fuerzas nacionalistas durante la Guerra Civil, que descubre el amor mientras custodia a Rafael (Miguel Bernardeau), un prisionero republicano vinculado sentimentalmente con Lorca. El relato es cruel y sostiene su humanidad en la vulnerabilidad de sus protagonistas. Guitarricadelafuente, destacado músico español que debuta en el cine, ofrece una interpretación de enorme sensibilidad. Por su parte, Milo Quifes, en el rol de Carlos, representa la humillación de quien debe negar su identidad para ser aceptado socialmente. Finalmente, el más contemporáneo Alberto, interpretado por Carlos González, descubre cuánto de su propia existencia está determinado por los secretos familiares y las heridas de generaciones anteriores, incluso cuando él mismo puede vivir su sexualidad abiertamente.

Pero como Los Javis demostraron en Paquita Salas, su universo puede ser exagerado, kitsch, melodramático, ocasionalmente infantil y, al mismo tiempo, dolorosamente adulto. Esa imperfección deliberada también es parte del encanto de esta película, aunque aquí aparece con un poco más de sobriedad. En La Bola Negra conviven la tragedia histórica, el espectáculo y momentos de una belleza casi surrealista, con apariciones memorables de Penélope Cruz y Glenn Close. No todo funciona con la misma precisión: algunas conexiones parecen demasiado calculadas y el melodrama amenaza ocasionalmente con devorar la sutileza de sus personajes.

Sin embargo, prefiero mil veces una película que se exceda intentando decir algo a otra que confunda contención con profundidad. Pienso en filmografías de cineastas tan disímiles como Federico Fellini, Baz Luhrmann, Sam Mendes, Chloé Zhao o incluso James Cameron, quienes, desde lenguajes cinematográficos muy diferentes, han sabido llevar sus ideas a buen puerto, sean minimalistas o excesivos, y les guste o no a sus espectadores. La Bola Negra es tan imperfecta como apasionada. Se pertenezca o no a la comunidad LGBTQI+, resulta conmovedora su manera de utilizar el arte como testimonio de quienes fueron obligados a vivir escondidos. Es una experiencia que, desde otras circunstancias, también conocen refugiados y minorías perseguidas en todo el mundo. El genio de Lorca dejó una obra sin terminar, pero Los Javis y el guionista Alberto Conejero encontraron en esas páginas una poderosa metáfora: quizá no podamos recuperar las vidas que la intolerancia destruyó, pero impedir que sean olvidadas ya es una forma de triunfo.













