Canadá posee una economía considerablemente menor que la de Estados Unidos, pero la profunda integración entre ambos países le proporciona varias herramientas capaces de generar presión económica en sectores y regiones estadounidenses especialmente dependientes del comercio bilateral.
Mientras Ottawa prepara su respuesta formal a las medidas comerciales de Washington, el debate ha comenzado a concentrarse también en qué otras opciones podría utilizar Canadá si la disputa continúa escalando.
Una de las más importantes es la energía.
Estados Unidos depende fuertemente de Canadá para parte de su suministro de petróleo, gas natural y electricidad. Esa relación es particularmente importante para estados fronterizos que reciben energía canadiense a través de redes construidas durante décadas de integración económica.
Ontario, por ejemplo, exporta electricidad hacia estados como Nueva York, Michigan y Minnesota.
El premier Doug Ford ha planteado en diferentes momentos la posibilidad de utilizar esas exportaciones como herramienta de presión, incluyendo recargos sobre la electricidad enviada hacia Estados Unidos si Washington continúa imponiendo medidas que afecten a la economía canadiense.
Una acción de ese tipo podría aumentar costos para consumidores y empresas estadounidenses, aunque también tendría consecuencias para Ontario porque las exportaciones energéticas representan una fuente de ingresos.
Los minerales críticos representan otra ventaja estratégica.
Canadá posee importantes recursos de níquel, potasa, uranio y otros minerales utilizados en industrias como fabricación de baterías, vehículos eléctricos, tecnología avanzada y defensa.
Estados Unidos ha reconocido que depende del exterior para numerosos minerales considerados esenciales para su seguridad económica y nacional.
Una restricción canadiense sobre determinados materiales podría generar problemas para fabricantes estadounidenses, especialmente en momentos en que Washington intenta fortalecer sus propias cadenas de suministro.
Sin embargo, una medida semejante tendría riesgos. Estados Unidos podría buscar proveedores alternativos y acelerar proyectos destinados a reducir su dependencia de Canadá.
Otra herramienta se encuentra en las compras gubernamentales.
Los gobiernos federal, provinciales y municipales canadienses adquieren cada año grandes cantidades de vehículos, maquinaria, tecnología, materiales de construcción y otros productos.
Una política más agresiva de “Buy Canadian” podría reducir las oportunidades para compañías estadounidenses que compiten por contratos públicos en Canadá.
Algunas provincias ya han planteado favorecer proveedores nacionales como respuesta a las tensiones comerciales.
También existe una forma de presión que los gobiernos no controlan directamente: las decisiones de los consumidores canadienses.
Durante el conflicto comercial se han fortalecido campañas que animan a comprar productos fabricados en Canadá, sustituir marcas estadounidenses y apoyar empresas locales.
Ese cambio de comportamiento puede afectar especialmente a compañías estadounidenses que durante décadas consideraron el mercado canadiense prácticamente una extensión natural de su mercado doméstico.
Algo parecido está ocurriendo con el turismo.
Estados Unidos es tradicionalmente uno de los destinos internacionales más importantes para los viajeros canadienses. Una reducción sostenida de esos viajes puede sentirse en hoteles, restaurantes, aerolíneas, comercios y atracciones turísticas de estados fronterizos y destinos populares entre los canadienses.
El impacto económico puede parecer pequeño en comparación con el comercio industrial, pero adquiere importancia cuando se concentra en comunidades concretas.
Ahí precisamente se encuentra una de las mayores ventajas estratégicas de Canadá.
El país es uno de los principales mercados de exportación para numerosos estados estadounidenses. Industrias agrícolas, manufactureras y energéticas dependen en distintos grados de compradores canadienses.
Por ello, cualquier estrategia canadiense puede diseñarse para producir presión no solamente sobre Washington, sino sobre gobernadores, legisladores y sectores empresariales estadounidenses que pueden posteriormente exigir cambios a la Casa Blanca.
Estados como Michigan, Nueva York, Maine, Wisconsin y otros mantienen relaciones económicas particularmente estrechas con Canadá.
Sin embargo, existe una limitación fundamental.
Canadá depende proporcionalmente mucho más del mercado estadounidense que Estados Unidos del canadiense. Una confrontación prolongada puede causar pérdidas en ambos países, pero la economía canadiense tiene mayor exposición.
Por esa razón, Ottawa enfrenta una decisión delicada: utilizar suficientes herramientas para demostrar que las políticas estadounidenses también generan costos dentro de Estados Unidos, pero evitando acciones capaces de provocar un daño todavía mayor a empresas y trabajadores canadienses.
La energía, los minerales críticos, las compras públicas y el comportamiento de los consumidores ofrecen a Canadá formas adicionales de presión.
Pero en una economía norteamericana construida durante décadas alrededor de cadenas de suministro compartidas, prácticamente cualquier medida dirigida a perjudicar al vecino también puede terminar produciendo consecuencias al norte de la frontera.









