El humo y el olor a incienso en el gran ‘altar viviente’ eran inevitables y en cada paso se encontraban personas con el rostro pintado de calavera y con disfraces alusivos a la muerte.

Por más de siete horas se hizo sentir el corazón de los músicos, bailarines mexica -aztecas, creadores culinarios, artesanos, artistas visuales e intérpretes, entre otros, que hicieron de esta celebración un verdadero festival latinoamericano, patrocinado por el Colectivo del Día de los Muertos, que es una organización sin fines de lucro dirigida por la comunidad mexicana y, desde 2013, Casa Maíz, cuya entidad cultural con sede en Toronto coordina todos los esfuerzos de la festividad. “Nuestro sueño fue realmente traer nuestra tradición a Toronto (Canada)”, comentó satisfecho Jesús Mora, el fundador del festival, al recordar que la idea surgió hace 9 años ante la necesidad de contar con un altar para reunirse y celebrar la memoria de los difuntos.

De hecho, el Día de los Muertos, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO en 2003,  es una festividad tradicional de origen mesoamericano que honra a los difuntos y es celebrado habitualmente los días 1 y 2 de noviembre.

El nutrido programa de actividades de la gélida jornada sabatina incluyó la tradicional ceremonia maya encabezada por Kiche Elder y el Tata Bartolo, el sahumerio de las instalaciones, el encendido del fuego sagrado y la danza azteca al son de los tambores de las primeras naciones. Como parte del homenaje a las víctimas del terremoto ocurrido en México, hombres vestidos de rescatistas ingresaron con un niño en hombros hasta el escenario principal donde guardaron un minuto de silencio.

Después de las ceremonias, el festival musical abrió el telón con el grupo musical Café con Pan, luego le siguió Tonatiuh, la danza folklórica mexicana en el Teatro Solar Stage.  Continuaron el show, Jorge y Yuri López con Cascabel y, después se presentó el grupo de teatro Libre Performance. A todos ellos, se sumaron Cecilia Guerrero y el Mariachi ‘Viva México’. En la recta final, presentaron la procesión de la banda fúnebre, la exhibición de un documental “La Vida y los Muertos” por Carolyn Kallenborn, luego se presentó Tinkusay y cerró el espectacular evento el grupo de danza azteca.

Paralelamente al desarrollo del festival en el escenario principal,  la gente podía visitar otros ambientes del Artscape Wychwood Barns. En uno de los pasillos denominado el limbo se exhibían fotografías de personas desaparecidas y de mujeres víctimas de la violencia. En otro sector, montaron una pequeña tarima con micrófono abierto para que la gente cante o recite una poesía por su ser querido. Además se alzaban pintorescos altares decorados con arreglos florales, imágenes, frutas y comidas dedicadas a los difuntos. En la cancha de arena también habían representaciones de fosas clandestinas por todas las personas asesinadas en el mundo.

“Este es un evento que tiene mucho corazón.  Celebramos la vida horrando la muerte”, dijo uno de los voluntarios que caminaba de un lado para otro ayudando al equipo de trabajo. Como él, los miembros del Colectivo y la larga lista de colaboradores le pusieron alma, vida y corazón para que el festival salga adelante exitosamente un año más.

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