La creciente guerra comercial entre Canadá y Estados Unidos no solamente está provocando preocupación y frustración al norte de la frontera. También un número importante de estadounidenses comienza a cuestionar por qué dos países que durante décadas construyeron una de las relaciones económicas y políticas más estrechas del mundo se encuentran ahora enfrentados mediante aranceles y represalias comerciales.
Una reciente encuesta del Angus Reid Institute muestra que el rechazo a los aranceles contra Canadá es considerable entre los estadounidenses. El sondeo, realizado entre el 31 de julio y el 5 de agosto entre 1,000 adultos en Estados Unidos, encontró que el 59% se opone a los nuevos aranceles contra su vecino del norte, mientras solamente el 24% los apoya.
El conflicto se intensificó después de que las negociaciones comerciales entre Ottawa y Washington colapsaran el pasado 21 de agosto. Estados Unidos aplicó posteriormente aranceles del 50% sobre aproximadamente $20 mil millones en productos canadienses, afectando mercancías de diferentes sectores.
Canadá respondió anunciando represalias equivalentes sobre cerca de $20 mil millones en importaciones estadounidenses. Los nuevos gravámenes canadienses, que entrarán en vigor el 8 de septiembre, oscilarán entre 15% y 50% y alcanzarán cientos de productos, entre ellos acero, aluminio, productos lácteos, electrodomésticos, equipos electrónicos y alimentos.
Pero las consecuencias podrían sentirse también directamente en los hogares estadounidenses.
Las economías de ambos países están profundamente integradas y el intercambio bilateral de bienes y servicios alcanzó aproximadamente $880 mil millones el año pasado. Numerosas empresas estadounidenses dependen de materias primas, componentes industriales, energía y productos procedentes de Canadá, mientras compañías canadienses mantienen vínculos similares con proveedores y consumidores estadounidenses.
Por esa razón, organizaciones empresariales estadounidenses han advertido que prolongar el enfrentamiento podría aumentar los costos para compañías y familias, además de alterar cadenas de suministro que durante décadas funcionaron prácticamente como un único sistema norteamericano.
Las diferencias políticas dentro de Estados Unidos también son evidentes. La encuesta de Angus Reid reveló que el apoyo a los aranceles está fuertemente relacionado con la afiliación política: mientras el 71% de los republicanos identificados con el movimiento MAGA respalda las medidas, entre otros republicanos el respaldo cae considerablemente y entre los demócratas existe una oposición abrumadora.
La pregunta que comienza a surgir en ambos lados de la frontera es hasta dónde puede llegar una disputa entre dos economías que dependen profundamente una de otra.
Aunque actualmente predominan las declaraciones firmes desde Ottawa y Washington, analistas consideran que todavía existen incentivos económicos importantes para regresar eventualmente a la mesa de negociaciones.
Mientras tanto, la guerra comercial está dejando de ser únicamente una confrontación entre gobiernos. Sus efectos comienzan a trasladarse a empresas, trabajadores y consumidores de ambos países, muchos de los cuales se preguntan cómo dos vecinos y aliados históricos llegaron a encontrarse en esta situación.









