Por Raúl A. Pinto
Atrevida desde las comillas que pone en el título, “Wuthering Heights”, es la nueva cinta de Emerald Fennell, quien también escribe esta adaptación de la única novela de Emily Brontë publicada en 1847. A estrenarse el 13 de febrero, la película llega precedida por altas expectativas, polémica y reacciones divididas por parte de la prensa especializada. Al frente del elenco están Margot Robbie como Catherine “Cathy” Earnshaw y Jacob Elordi como Heathcliff, muy bien acompañados por Hong Chau, Shazad Latif, Alison Oliver, Martin Clunes y Ewan Mitchell en papeles secundarios.

Si no la conocen, la historia se ambienta en la Inglaterra del siglo XVIII, arrancando en la cinta con una ejecución pública, marcando de inmediato el tono de exceso que se quiere dar. Conocemos al señor Earnshaw, patrón de fundo alcohólico y adicto a las apuestas, quien regresa a su mansión gótica en los páramos de Yorkshire con un niño rescatado de las calles de Liverpool, a quien entrega a Cathy como si este fuera cachorro. Ella lo nombra Heathcliff y desde entonces ambos se unen con una lealtad marcada a fuego. Años después, la propiedad está en decadencia y la ya crecida Cathy ve en el adinerado Edgar Linton una vía de escape social, aun cuando Heathcliff parece ser su verdadero amor. Se vienen entonces malentendidos, frases medio escuchadas detrás de una puerta y un orgullo herido que termina separando a los amantes. Él vuelve un lustro después, con fortuna en los bolsillos y amargura en el alma, compra la finca Linton y, como buen resentido, desata una cadena de celos, matrimonios por despecho, puertas cerradas y enfermedades. Muchos personajes de la novela son eliminados en pos de centrarse en la obsesión mutua de los protagonistas, aunque esto le quita fuerza a la sociedad pacata que en la historia original corona y realza el dolor real pero evitable de ambos.

Margot Robbie, genial como Barbie y Tonya Harding, asume a Cathy como Vivian Leigh lo hizo con Scarlett O’Hara, caprichosa, arrogante y consumida por un deseo que ni ella sabe domesticar, evidentemente agobiada por el ambiente donde nació, pero alimentándose de todo para ser la peor entre los peores. Por el contrario, el flamante nominado al Oscar Jacob Elordi, encarna a un Heathcliff menos descontrolado de lo esperado, cuando en la historia original él es un gitano, un extranjero impulsivo y apasionado. Especialmente tras su retorno, Elordi actúa frío y calculador, en un pasado invisible que parece haberlo destruido más de lo que Cathy lo hizo.

Fennell hace un verdadero festín en lo visual. Desde la increíble fotografía de la costa inglesa, con el barro y la humedad incómodos, hasta la casa oscura y lúgubre, con espacios que recuerdan el deseo reprimido de “La Casa de Bernarda Alba” de Lorca. Los vestuarios, tan criticados en el trailer, combinan ecos anacrónicos y modernos sin problema. Lo mismo con la música, que tiene una partitura muy de época (gentileza de Anthony Willis) y canciones de Charli XCX, creado cierta irreverencia que recuerdan lo subversiva que fue la novela en su tiempo.

Es por ello que no creo que esta adaptación esté tan mal. Soy fan de la Brontë, y otras autoras como la inefable Daphne Du Maurier e incluso escritoras del siglo XX como Pearl S. Buck y Edna Ferber, que amarraban sus historias a la tierra donde vivían como identidad cultural. Y las nombro porque las considero también influencias importantes en Iberoamérica, desde el realismo mágico hasta las telenovelas. Fennell ya hizo “Promising Young Woman” y “Saltburn”, dos películas que no dejaron indiferente a nadie, pero que no son malas ni mal hechas; al contrario, en medio de la elegancia, la sofisticación y el buen gusto con el que seguramente la directora creció, ella también devela rincones oscuros y sádicos de la clase alta inglesa que terminó marcando a Occidente.

Sus películas “molestan” porque muestran villanos reales que nos recuerdan a políticos y billonarios desconectados de la vida “real” y de la gente de a pie. En un mundo marcado por tragedias masivas, Cathy y Heathcliff son dos niños con plata llorando por tonterías pero, aunque nos irrite, historias como estas imitan la vida en todas las escalas. Disponible en salas a partir del 13 de febrero.

La nueva cinta animada “GOAT” (que significa “cabra” o “chivo”, pero también es acrónimo de “greatest of all time” / ”lo más grande de todos los tiempos”) llegará la próxima semana cargada de talento y hecha para ser un éxito. Producida desde 2019 por Columbia Pictures y Sony Pictures Animation, está dirigida por Tyree Dillihay (recurrente en la excelente serie “Bob’s Burgers”), con la voz protagónica de Caleb McLaughlin como el soñador aspirante a deportista Will Harris. Se unen voces de actores conocidos como Gabrielle Union, David Harbour, Nick Kroll, Nicola Coughlan, Jenifer Lewis y el ícono del básquetbol Stephen Curry.

La historia nos lleva a Vineland, una ciudad de animales antropomórficos (al estilo “Zootopia”) donde el joven chivo, Will, sueña con jugar roarball al nivel de su ídolo, la pantera Jett Fillmore. Diez años después, Will vive con un poco menos de optimismo, haciendo entregas a domicilio, mientras el equipo local, los Vineland Thorns, sufre una derrota tras otra en la liga, hasta que una oportunidad fortuita lo une al team. Esta historia clásica del “underdog deportivo” es matizada por elementos interesantes como el hecho que el equipo sea de género mixto, dando una dimensión especial a las tradicionales tensiones de ego y el miedo al declive de Jett, y la dueña de los Thorns, una persona manipuladora y ambiciosa. Sabemos la historia y conocemos a esta gente, pero también lo sabe el director, quien en vez de buscar la manera de ser original en el argumento prefiere dedicarse a desarrollar el “cómo” y el “quiénes”. Y yo digo que resulta.

Cuando se espera una historia de comedia deportiva entrete y superficial, GOAT supera las expectativas, siendo una verdadera pieza de arte visual con muchos detalles bellamente elaborados que aparecen a cada segundo. Hay humor que da risa de verdad, partidos imposibles que recuerdan gratamente a “Los Supercampeones” y una lección muy clara sobre pasar la pelota cuando se debe. Porque para ser el más grande de todos los tiempos, se necesita un equipo coordinado y unido. Parece pueril, pero en el individualismo que vivimos hoy en día la apuesta de esta entretenida cinta familiar es refrescante. Disfrútela en pantalla grande. Disponible en salas a partir del 13 de enero

El estreno de “Scarlet”, del director y guionista japonés Mamoro Hosoda, nos recuerda que adaptar a Shakespeare al cine es uno de los recursos narrativos más usados en los más de 130 años de historia del medio. Las obras del bardo han viajado por todos los géneros, países y estilos posibles, y “Hamlet” probablemente sea la más revisitada de todas.
A veces aparece en versiones literales, otras como la espina dorsal de historias completamente nuevas. El ejemplo clásico sigue siendo “Hamlet” (1948) de Laurence Olivier, una adaptación británica que incluso ganó el Oscar a Mejor Película, demostrando muy temprano que Shakespeare podía funcionar en la pantalla grande con toda su densidad dramática.
Pero el príncipe melancólico también ha sobrevivido a reinvenciones mucho más libres. Kenneth Branagh filmó en 1996 una versión monumental (cuatro horas, por si querían saberlo), que incluye prácticamente todo el texto de la obra, mientras que Michael Almereyda trasladó la historia al Nueva York corporativo del año 2000 con Ethan Hawke como Hamlet. Fuera del mundo anglosajón también abundan reinterpretaciones curiosas, como la película china “The Banquet” (2006) o el thriller japonés de Akira Kurosawa “Los canllas duermen en paz” (1960), que toma la estructura de la tragedia para contar una historia de corrupción empresarial. Y por supuesto están las versiones disfrazadas: El Rey León, una adaptación casi directa para público familiar, y la más reciente The Northman (2022) que retoma el mito nórdico que inspiró la obra de Shakespeare para construir otra historia de venganza real. Con ese linaje detrás, “Scarlet” de Mamoru Hosoda entra en una tradición muy larga: tomar los fragmentos de Hamlet y reconstruirlos en un lenguaje completamente distinto.
La historia, por supuesto, arranca en la Dinamarca del siglo XVI, donde la joven princesa Scarlet presencia la ejecución de su padre, el rey Amleth, a manos de su ambicioso tío Claudius. Consumida por la rabia, la princesa entrena para vengarse, pero su intento de asesinato fracasa cuando es envenenada durante un baile. Al despertar se encuentra en un extraño mundo donde conviven vivos y muertos, un territorio intermedio que funciona casi como un purgatorio. Allí conoce a Hijiri, un paramédico del presente que insiste en que todavía no debería estar muerto. Juntos emprenden un viaje para encontrar a Claudius, atravesando batallas, encuentros con almas errantes y revelaciones sobre las últimas palabras del rey Amleth, que apuntan hacia un camino muy distinto al de la venganza.
La interpretación vocal de Mana Ashida (lo mismo con Erin Yvette en la versión en inglés) como Scarlet sostiene el peso emocional de la película. Su princesa es feroz, impulsiva y profundamente herida, y ambas actrices logra transmitir esa mezcla de furia y fragilidad que define al personaje. Masaki Okada aporta un contrapunto interesante como Hijiri, un hombre optimista que cree en la compasión incluso en medio de un mundo dominado por la violencia; la versión en inglés de Chris Hackney (y Aaron Encina en la voz “cantante”) difiere ligeramente en tono, pero funciona de todas formas. Su dinámica no se vuelve romántica de inmediato, algo que se agradece, porque permite que la relación evolucione de manera más orgánica mientras Scarlet empieza a cuestionar su obsesión con la venganza.
Hosoda apuesta por un espectáculo visual de gran escala, cada vez que puede. La animación alterna entre estilos más tradicionales y otros que mezclan elementos en tres dimensiones con fondos detallados y casi fotorealistas. El resultado de este experimento, que ya es parte del mainstream animado, a veces es deslumbrante y otras un poco desconcertante, pero nunca, nunca aburrido. Se destaca la energía cruda de las secuencias de acción, con espadas, soldados y criaturas fantásticas, acompañados de una interesante banda sonora de Taisei Iwasaki, que acompaña tanto los momentos épicos como los más íntimos con una mezcla de intensidad y lirismo muy común del cine japonés.
“Scarlet” es una película que impresiona gratamente, por su ambición y también por sus imperfecciones. Aquí hay una reflexión sobre el ciclo de la violencia y la posibilidad de romperlo, muy a tono con nuestros días. No todo en esta cinta (trama, animación, viaje emocional) funciona con precisión e incluso se enreda un poco en algunas ocasiones, pero la historia completa emociona deja un sentimiento de admiración. Esta fantasía épica, detrás de sus batallas, criaturas sobrenaturales y la amargura shakesperiana, contiene una fábula sobre el perdonar si es posible, y el coraje para hacerlo si la ocasión se presenta. Disponible en salas a partir del 6 de febrero.







