Por Raúl A. Pinto
Cuando a Lilian Steiner, prestigiosa psiquiatra estadounidense trabajando con una consulta en París, le informan que Paula, una de sus pacientes, murió por suicidio, ella inmediatamente lo pone en duda. Después de todo, nunca detectó estas tendencias en ella. El flamante viudo de la fallecida piensa que ella, la psiquiatra, es la responsable. La hija de la víctima introduce dudas inquietantes sobre lo ocurrido. Lilian se pone a investigar.
La premisa de “A Private Life”, originalmente llamada “Vie privée” (Vida Privada) recuerda en su punto de partida a ‘Anatomía de una caída”, pero aplica un tono de comedia negra y film noir, a cargo de la directora y co-guionista, Rebecca Zlotowski.
Lilian comienza a investigar por una inquietud profesional que se transforma en una obsesión, con pistas que apuntan a múltiples direcciones, acumulando indicios, sospechas y desvíos físicos y mentales que reflejan tanto la confusión del caso como el estado mental de su protagonista.

Jodie Foster sostiene la película con magnetismo, hablando un francés que suena bastante fluido, y completamente comprometida con los avatares de su personaje. Su Lilian es segura y brillante cuando se trata de su carrera, pero muy desconectada de la realidad en algunos momentos del día. Es por eso que no se preocupa por escuchar demasiado a sus pacientes, pero sí graba cada sesión y toma notas si así lo quiere (nota: posible neurodivergencia detectada). Foster además nos recuerda que también puede mostrar ternura y convertirse en la graciosa Miss Marple de los filmes de Margaret Rutherford, sólo que gringa, y hablando francés. En la historia además se entremezclan evidencias que evocan la Segunda Guerra Mundial, Francia ocupada por los nazis y el antisemitismo de la sociedad de hoy.
Clave en el resultado de la película es tener también a un grande como Daniel Auteuil interpreta a Gabriel, el ex marido, aportando humor, calidez y complicidad, haciendo que ambos construyan una dinámica vívida, madura y extrañamente romántica. Ah, sí, Lilian es divorciada. El desorden emocional y la necesidad de desahogarse caen de perilla en una investigación criminal.

La directora apuesta por una puesta en escena cargada de tensión, con planos muy cerrados y prolongados, reforzando la sensación de vigilancia y encierro de la mente de la protagonista. París y los lugares rurales son elegantes, pero sombríos, con luces de cine negro y colores muy intensos que a veces se muestran cotidianos y a veces perturbadores.

“A Private Life” es una película irregular, pero también fascinante, porque Lilian intentando darle sentido a su vida es también parte del misterio: quiere saber qué pasó con Paula, pero también qué pasará con ella. Esto se acentúa con la búsqueda de ayuda en la hipnosis, deslizando la historia hacia lo onírico y otorgando a algunas escenas un estado de conciencia que confunde y deleita. Foster y Zlotowski arriesgan caer en el ridículo, en lo caricaturesco, pero salvan el día magistralmente al demostrar que, a veces, la vida y la tragedia también son ridículas, como lo es una sociedad qcue le exige a Lilian más control y coherencia de la que ella misma puede sostener. Y es desde esa frustración e impotencia, compartida por muchas mujeres, que Lilian encuentra la fuerza para avanzar. Vaya a verla. Distribuida por Mongrel Media. Disponible en salas.

Timur Bekmambetov, el responsable de “Mercy”, que se estrena esta semana, siempre me ha parecido un director capaz de convertir una idea mínima en un objeto visualmente inquieto, aunque el resultado no siempre sea redondo. En este siglo ha firmado películas destacables o, como mínimo, irresistibles de mirar, desde “Night Watch” y “Day Watch” hasta títulos más variados como “Wanted” o “Abraham Lincoln: Vampire Hunter”.
En esta película, protagonizada por Chris Pratt y Rebecca Ferguson, hay dos cosas que se mantienen del cine del director kazajo-ruso: su energía y brillantez visual. La premisa inevitablemente me recordó a “Encima de la hora”, aquella vieja película del viejo 1995 protagonizada por Johnny Depp y Christopher Walken, construida para desarrollarse exactamente en los 90 minutos que el personaje principal tenía para cumplir una “labor”.

Aquí, el mecanismo es más explícito. En Los Ángeles de 2029, el detective “Chris” Raven está siendo enjuiciado por supuestamente haber asesinado a su esposa: ahora tiene 90 minutos para probar su inocencia ante una jueza de inteligencia artificial llamada Maddox. Raven despierta atado a una silla, con lagunas de memoria y sin abogado que lo represente, mientras el sistema ahora invierte la presunción de inocencia (es decir, él es culpable hasta probarse lo contrario) y convierte el tiempo en un enemigo tangible. A diferencia de aquella película noventera, aquí el conteo es literal, omnipresente y cruel: debe probar su inocencia en 90 minutos, o muere ejecutado inmediatamente.

Pratt carga con el peso dramático de un personaje al que no se le pide mucho movimiento, aunque la tarea es más difícil de lo que parece. En su búsqueda de pistas online, y la incredulidad de su hija, el actor no logra lo que sí consiguieron, por ejemplo, Sandra Bullock en “Gravity” o Samantha Morton en “Sentencia Previa”. Chris Pratt, en sus mejores momentos, está hecho para el histrionismo, y aquí no logra trabajar en el espacio pequeño que se le asigna en gran parte del metraje. A diferencia de él, Rebecca Ferguson es la mejor parte de la historia como la omnipresente Maddox, trabajando su rostro desde la contención, sugiriendo matices humanos dentro de una lógica programada que resultan mejores que los primeros planos del protagonista.
La puesta en escena de la película es, si podemos decirlo así, austera pero dinámica, dominada por pantallas, recreaciones digitales e inmersiones visuales que evitan que el encierro se vuelva asfixiante. El recurso del tiempo real sostiene la tensión cada vez que algo no funciona en la investigación, avanzando hacia un final que recuerda que, a veces, a mayor cantidad de información, mayor es la confusión.
“Mercy” parte de una muy buena idea, pero se complica sin llegar a nada. El problema de la inteligencia artificial está hoy en boga, y las interrogantes acá son buenas, pero no decantan en algo sólido. Entretiene, eso sí, así que si gusta de las cintas de acción y suspenso, es posible que salga del cine con satisfacción. Disponible en salas.








