Por Ernesto Donan.
Se apagaron las luces de los estadios y la Copa Mundial de Fútbol 2026 ya forma parte de la historia. Durante varias semanas, Canadá, Estados Unidos y México fueron escenario de una fiesta que volvió a demostrar algo indiscutible: pocas cosas tienen la capacidad del fútbol para reunir a millones de personas alrededor de una misma emoción.
Fue el Mundial más grande organizado hasta ahora, con 48 selecciones y 104 partidos. Las tribunas respondieron y millones siguieron la competencia desde todos los rincones del planeta.
Pero terminada la celebración, también corresponde hacer algunas preguntas.
La primera es sencilla: ¿quién puede darse el lujo de asistir a un Mundial?
El elevado precio de muchas entradas generó críticas desde antes del torneo. Para una familia, asistir a determinados encuentros podía representar un gasto considerable al sumar boletos, transporte, comida y, en muchos casos, alojamiento.
Entiendo que organizar un evento de esta magnitud cuesta muchísimo dinero. Pero el fútbol nació como un deporte popular y sería lamentable que presenciar su máxima competencia termine convirtiéndose en un privilegio reservado para quienes pueden pagar precios extraordinarios.
También llegará el momento de hacer cuentas. Antes del torneo se proyectaba que solamente en Canadá el Mundial podría generar hasta $3,800 millones de dólares canadienses en actividad económica. Toronto y Vancouver recibieron miles de visitantes y hoteles, restaurantes y comercios se beneficiaron del movimiento generado. Sin embargo, habrá que conocer los balances definitivos y compararlos con los gastos en seguridad, transporte, infraestructura y servicios públicos para determinar cuánto beneficio quedó realmente para los países anfitriones.
Para mí, sin embargo, la controversia más delicada ocurrió fuera de la cancha.
Después de la tarjeta roja recibida por el estadounidense Folarin Balogun, el presidente Donald Trump habló con el presidente de FIFA, Gianni Infantino, sobre la sanción. Posteriormente, FIFA aplazó la suspensión automática que habría impedido al jugador disputar el siguiente encuentro de Estados Unidos, generando cuestionamientos sobre una posible interferencia política.
No me corresponde determinar si aquella conversación influyó en la decisión. Pero la sola percepción de que un gobernante pueda intervenir en una cuestión reglamentaria representa un precedente peligroso.
Las reglas deben ser iguales para todos. La credibilidad del fútbol depende precisamente de que ningún presidente, gobierno o interés comercial tenga capacidad para modificar lo que corresponde decidir dentro de sus instituciones.
El Mundial 2026 nos dejó emociones inolvidables, familias reunidas, banderas, rivalidades y una extraordinaria celebración multicultural. Dentro de cuatro años volveremos a emocionarnos. Pero ojalá recordemos una lección: el fútbol puede ser un enorme negocio, pero nunca debería olvidar que antes que negocio fue —y debe continuar siendo— el juego de la gente.







